Martí y la luz guardada
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Ejemplo · Meapica
El texto de este cuento de ejemplo
Este es un libro de ejemplo, creado para Martí (7 años). En el tuyo, el nombre, el retrato y la aventura son los de tu hijo.
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Martí y la luz guardada
Aquella tarde, Martí volvió del colegio pisando solo las baldosas claras. En el pueblo olía a pan caliente y a lluvia que todavía no se decidía. En casa, dejó la mochila y miró por la ventana. Los tejados parecían barcos quietos. Sobre su mesa había un frasco vacío, de cristal, con tapa roja. Lo usaba para guardar tesoros pequeños: una canica, una pluma, una pregunta. Hoy no guardó nada. Solo pensó: «Si el cielo cupiera aquí dentro…»
Después de cenar, el pueblo se quedó bajito: persianas, platos, un perro lejano. Martí ya estaba en la cama cuando oyó un toc, toc, toc en el cristal. No era la lluvia. Un gorrión miraba desde el alféizar, muy serio, con un hilo rojo en la pata. Detrás de él, una chispa daba vueltas como si buscara puerta. Martí tragó saliva. Podía llamar a alguien. Pero la chispa hizo una pirueta. Y a Martí le pudo la curiosidad.
La ventana no se abrió: se hizo cielo.
Martí no cayó. Flotó. Bajo sus pies apareció un cohete pequeño, como si hubiera estado esperándole toda la vida. Tenía aletas rojas. Eso le gustó. —¿Yo piloto? —susurró. El cohete respondió con un zumbido amable. En la ventanilla, la oscuridad era enorme. Allí brillaban tres cosas: una nube azul, un anillo de polvo y un asteroide donde latía un cristal de mil colores. Martí apoyó la mano en el mando. Aún quedaba un poco más allá.
El asteroide era tan pequeño que Martí pensó que, si estornudaba, lo mandaría de paseo. El Cristal latía en el centro, despacio: pum… pum… pum. Sus colores parecían cansados. Martí bajó del cohete y no dijo nada al principio. Puso la palma sobre una faceta tibia. Entonces oyó un susurro, no en los oídos, sino detrás de los ojos: —He perdido mi brillo. Martí sintió un hueco en la tripa. —Lo buscaremos —dijo.
El cohete siguió un rastro de destellos diminutos. No eran estrellas. Se apartaban y volvían, como luciérnagas que hubieran aprendido a nadar. Martí pegó la nariz a la ventanilla. En el colegio le gustaban los mapas; allí no servían de mucho, pero mirar despacio sí. Vio que los destellos iban todos en la misma dirección. —Por ahí —dijo, orgulloso en bajito. El Cristal, acurrucado en una esquina del cohete, dio un pum un poco más valiente.
Al final del rastro apareció la Estrella Sonriente. Era tan grande que el cohete parecía una miguita. Su luz llenó la cabina. Martí tuvo que entrecerrar los ojos. —Necesitamos un poquito —dijo—. Para un amigo que se está apagando. La estrella sonrió más, y aquello fue casi demasiado. Una lengua de luz salió hacia ellos, caliente como verano. Martí dio un paso atrás. «Si la tocamos así, nos quemamos», pensó. El Cristal tembló sin sonido.
Martí se sentó en el borde del cohete, con los pies colgando sobre la noche. La Estrella Sonriente esperó. Hasta su resplandor parecía respirar más bajo. Nunca se había sentido tan pequeño. Y, sin embargo, dentro de su pecho había sitio para una estrella, para un cristal triste y para una pregunta nueva. Aún quedaba un poco más allá.
Entonces la estrella estornudó una llamarada.
El cohete se sacudió como una caja de zapatos en manos de un gigante. La luz entraba por todas partes, demasiado viva para quedarse quieta. —¡No puedo llevarla! —gritó Martí. La Estrella Sonriente encogió sus rayos, apurada. El Cristal apenas latía. Martí buscó en sus bolsillos: una goma, dos migas, nada útil… y el frasco de tapa roja, que sin saber cómo había viajado con él. Lo levantó con dudas. —¿Y si se escapa? Pero el frasco brilló por dentro, como si hubiera oído.
Martí no abrió el frasco del todo. Solo un hilo, lo justo para que cupiera una chispa. —Despacio —pidió. La Estrella Sonriente sopló con cuidado. La luz entró en el frasco y se hizo redonda, pequeña, tranquila. La tapa roja cerró con un clic que sonó a promesa. De vuelta al asteroide, Martí acercó el frasco al Cristal. No vertió la luz: la dejó asomarse. El Cristal bebió aquel resplandor a sorbitos. Y entonces amaneció en mil colores.
Cuando Martí parpadeó, estaba en su habitación. La ventana era ventana. El pueblo dormía con sus tejados de siempre. En la mesa, el frasco de tapa roja parecía vacío. Parecía. Martí lo acercó al oído y oyó un pum pequeñísimo, como un corazón de colores. Sonrió sin hacer ruido, porque algunas aventuras se despiertan si las nombras demasiado alto. Por la mañana, camino del colegio, miró las baldosas claras, las oscuras y también el hueco entre las dos. Aún quedaba un poco más allá.
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