Lucía y el sueño perdido
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Ejemplo · Meapica
El texto de este cuento de ejemplo
Este es un libro de ejemplo, creado para Lucía (9 años). En el tuyo, el nombre, el retrato y la aventura son los de tu hijo.
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Lucía y el sueño perdido
A Lucía le gustaba volver del colegio por la acera de las baldosas sueltas: si pisaba justo en el centro, no hacían clac. En su pueblo, a esa hora, las persianas bostezaban y olía a cena temprana. En casa dejó la mochila, abrió el libro y puso dentro su cinta morada, bien recta, como una regla secreta. Si lo miras bien, algo te contesta. Eso pensó al ver que la cinta temblaba, aunque la ventana estaba cerrada.
Primero sonó como un suspiro debajo de la cama. Lucía se quedó quieta. No era el vecino, ni las tuberías, ni su imaginación haciendo teatro. Era un suspiro con campanillas. La cinta morada salió del libro y señaló la pared, tiesa como una flecha. —Vale —murmuró Lucía—. Pero si eres un monstruo, avisa. La pared respondió con una rendija de luz. Daba un poco de miedo. También daba muchísimas ganas de saber.
Lucía cruzó, y la noche abrió una puerta dentro de otra puerta.
Las puertas del Castillo de los Sueños se abrieron sin tocarse. Dentro, el gran salón respiraba despacio. Cada baldosa guardaba un reflejo distinto: una montaña, una risa, un paraguas volando. Tres maravillas esperaban en tres rincones, pero Lucía oyó un estornudo diminuto. ¡Pif! Chispas verdes, azules y violetas saltaron junto a un huevo dorado roto. Lucía se acercó despacito. El dragoncito que había salido de allí parpadeó, como si acabara de soñar con ella.
El dragoncito intentó ponerse de pie y acabó sentado dentro de medio cascarón. Lucía se rió por la nariz, de esa risa que no se burla. —Yo soy Lucía. —Chispa —dijo él, y estornudó una flor de humo. Ella le quitó con cuidado un trocito de cáscara de la oreja. Chispa suspiró tan fuerte que apagó tres velitas flotantes. Entonces miró alrededor, alarmado. —Mi primer sueño… se me ha escapado.
Chispa explicó a trompicones que aquella era la Noche de los Sueños. Cada dragón regalaba el suyo al reino, para que alguien, en alguna almohada, encontrara una aventura. Lucía se mordió el labio. Un sueño recién nacido no debía de entender pasillos. Miró el suelo brillante. Entre los reflejos vio una nubecilla blanca pegada a una huella de harina. —Si lo miras bien, algo te contesta. Chispa ladeó la cabeza. —¿Eso es magia? —Casi. Es fijarse.
Siguieron las huellas hasta una escalera que olía a mantequilla. La cocina del castillo era más grande que una plaza. Las ollas cantaban bajito y nubes de azúcar flotaban cerca del techo. —Aquí se ha escondido —dijo Chispa. —O aquí ha venido porque tenía hambre —corrigió Lucía. Un cocinero pasó corriendo con una bandeja y el aire se llenó de harina. Lucía tosió, perdió de vista las huellas y sintió un pinchazo de duda. Pensar con prisa era como leer con el libro cerrado.
Se apartaron bajo una mesa, donde el mundo sonaba más despacio: ploc de miel, tin de cucharas, fuu de dragón nervioso. Lucía miró arriba. Entre las nubes de azúcar, algo brillaba y se escondía. No quería que Chispa se quedara sin regalo. —Los sueños no se cazan —susurró—. Se invitan.
Entonces el sueño subió hasta la viga más alta.
El maestro Miga apareció con una cuchara enorme. —Si cae ahí arriba, se dormirá cien años entre telarañas dulces. A Lucía se le encogió la tripa. Cien años era demasiado, incluso para un sueño. —Necesito miel, harina… y silencio de no asustar. Los cocineros obedecieron como si aquello fuera una receta antigua. Lucía mezcló, Chispa calentó el horno con un soplido pequeñísimo, y el pastel de miel empezó a oler a mañana de fiesta. Arriba, el sueño dudó.
El sueño bajó flotando, atraído por el olor dulce. Bajó… y se quedó a medio camino, temblando sobre un remolino de aire caliente. Lucía notó su cinta morada en el bolsillo. Claro. La anudó entre dos cucharones como un columpio diminuto y puso debajo el pastel de miel. —Cuando quieras —dijo, sin empujar. El sueño se posó en la cinta, probó el aroma y se hizo redondo y tranquilo. Chispa abrió tanto la boca que casi se le cayó otra chispa.
Chispa entregó su sueño al castillo, y el gran salón se llenó de un ronroneo de estrellas. Después, la misma puerta dentro de otra puerta llevó a Lucía a su cuarto. El libro seguía abierto. La cinta morada descansaba entre sus páginas, con olor a miel que no podía estar allí. Fuera, el pueblo era el de siempre: persianas, tejados, una farola parpadeando. Lucía sonrió. Si lo miras bien, algo te contesta. Y aquella noche, antes de dormir, miró muy bien.
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