Leo y el valle que rugía
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Ejemplo · Meapica
El texto de este cuento de ejemplo
Este es un libro de ejemplo, creado para Leo (5 años). En el tuyo, el nombre, el retrato y la aventura son los de tu hijo.
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Leo y el valle que rugía
En el pueblo, Leo corría por el parque como si las losas fueran islas. Le encantaba el naranja, y su dinosaurio de juguete también era naranja. Cuando quería rugir, juntaba las manos ante la boca. —¡Roooo! Despacio, con respeto.
Aquella noche, en su habitación, Leo se arrodilló junto a la cama con su dinosaurio. —Ojalá conociera uno de verdad —susurró—. Pero si fuera pequeño, le hablaría bajito. Entonces el suelo hizo bum, muy suave, como un tambor bajo la cama.
El portal del tiempo se abrió con un suspiro dorado.
Leo dio un paso y olió tierra mojada. Ante él se abría un valle de helechos gigantes y volcanes lejanos. Algo temblaba entre las hojas. Se acercó despacito. ¡Crac! Del huevo asomó un bebé de cuello largo, parpadeando.
El bebé sacudió un trocito de cáscara. —Me llamo Lulo —dijo, con voz de flauta ronca. Leo sonrió sin tocarlo. —Yo soy Leo. Te acompaño. Lulo dio un pasito, luego otro. Los dos entendieron lo mismo: juntos daban menos miedo.
Lulo levantó el cuello y miró a todas partes. No vio más cuellos largos. Solo helechos, barro y una sombra de ala que cruzó el sol. El suelo tembló lejos. —Mi familia —dijo Lulo. —La encontraremos —prometió Leo.
Subieron a la colina más alta del valle. Lulo resbaló en el barro, pero Leo esperó. Despacio, con respeto. Desde arriba vieron puntitos enormes: la familia, al otro lado. Estaban lejísimos. Leo sintió un nudo en la tripa.
Se sentaron entre piedras tibias. El viento traía olores de hojas rotas y agua caliente. Leo escuchó a Lulo respirar. Entonces recordó su rugido del parque. Quizá no hacía falta correr. Quizá hacía falta llamar.
Leo juntó las manos. Lulo tomó aire.
Respiraron hondo los dos. —¡Uooooo! —llamó Lulo. —¡Uooooo! —llamó Leo, con las manos como un cuenco. La voz saltó por los helechos, rozó el volcán y cruzó el valle. La familia levantó la cabeza.
La familia llegó despacio, haciendo temblar la tierra. Lulo corrió hasta unas patas enormes y felices. Un cuello largo inclinó la cabeza ante Leo. —Has sido valiente —susurró Lulo. Y Leo entendió: ser valiente es ayudar a quien es distinto.
El portal brilló de nuevo, suave como una luciérnaga grande. Leo volvió a su habitación con barro en un zapato y una alegría enorme. Abrazó su dinosaurio naranja. Antes de dormir, juntó las manos y susurró: —Despacio, con respeto.
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